Leonor
“La medicina se había convertido en su aliada y en su verdugo, postrando a la muerte en la sala de espera de la casa, aguardando que su turno llegara para llevársela, tan fácil como tomar un ticket en el supermercado para comprar víveres”.
Uno nunca decide cuando nacer ni cuando morir aunque en la segunda podemos hacer un intento para que la podamos alcanzar. La vida se nos escurre de las manos sin darnos cuenta como cuando lavamos nuestras caras todas las mañanas, sin percatarnos de nuevas marcas que nos indican el inexorable paso del tiempo, de las cicatrices dejadas por el sufrimiento y los rencores acumulados, donde no existen arrugas por las interminables sonrisas sino por sueños frustrados e ilusiones quebrantadas.
Te levantas, te miras nuevamente y te das cuenta que todo ese tiempo también causa efecto en tu persona y el ciclo de la vida empieza a cerrarse y te vuelves a convertir en un ser cada vez más incapaz de desempeñar tareas que solían ser tan cotidianas, llenas de simplicidad como comer, ir al baño, hilar palabras con sentido o acordarte de tu nombre.
Hace dos años mi abuela me ayudó en mi último trabajo final para la última materia que debía de acreditar en la universidad. Consistía en una historia de vida y Leonor fue mi personaje principal a sabiendas de que ella sería la persona correcta a quien debía dedicar este trabajo, ayudarme a mí y desfondar historia que desconocía. En mi casa, nos sentamos para platicar sin que existiera el parentesco, ella la entrevistada y yo el interesado por indagar más de su vida, más allá de quien yo conocía sólo como mi abuela.
A la mitad de la entrevista las lágrimas rodaron por su rostro sin que yo supiera a fondo qué imágenes corrían por su mente, los porqués o por quienes lloraba. Me dijo con gran temple que la muerte invariablemente nos llega a todos aunque a unos antes que a otros, inesperadamente y sin advertencias pero estaba segura que si a algo no le temía, era a ella (i.e. la muerte). Eso yo ya lo sabía pero una confirmación nunca viene de más.
Terminamos la sesión y tres generaciones nos vimos postradas en la sala, tomando té con una sensación nunca antes experimentada por estos miembros de la familia. Eso fue hace tan sólo dos años y ahora mi abuela habla sobre niñas que la visitan y perros que se postran a sus pies mientras ella insiste en cubrirlos con su manta. Su voz se ha cuarteado y poco a poco se desvanece como si lentamente le estuvieran descendiendo el volumen a su expresión hasta que un día simplemente se apague, ese instante que llamamos vida que como a un interruptor, puede ser apagado de un momento a otro.
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